Alejandro Jordán
La
guitarra hechizada
Erase un invierno de
1801, en una vieja ciudad, cuando llego desde muy lejos Guillermo, un flautista
apasionado que salió de su ciudad natal en busca de nuevas aventuras. No
llevaba nada más que su elegante atuendo, una maleta con sus cosas y un estuche
con su flauta.
Deambuló toda la
tarde y toda la noche por las calles sin encontrar lugar donde pasar la noche,
hasta que le llamo la atención un lugar ruidoso y peligroso, un bar. Al entrar,
percibió un ambiente informal, se encontraban en el lugar viajeros de todo
tipo, distintas costumbres, distintos orígenes y distintos propósitos, había
unos cuantos candelabros colgando del techo y una que otra vela en las mesas en
las que los hombres se sentaban a beber y contar sus mejores historias. De
pronto, algo le llamó la atención, en un rincón se encontraba un guitarrista,
el cual cautivaba con el sonar de sus melodías, se notaba que era muy
habilidoso. Sin embargo, existía en el ambiente el rumor popular que aquella
guitarra estaba hechizada. Al terminar su repertorio, Pedro, el guitarrista, se
le acercó a Mario y le dijo:
-Hola, ¿Cuál es tu
nombre?
- Guillermo,
encantado de conocerte.
- El gusto es mío- De
inmediato Pedro se dio cuenta que Guillermo tenía una flauta, le propuso formar
un dúo musical, El aceptó fascinado, fue como si le hubieran leído la mente.
- Se nota que vienes
del extranjero, ¿Tienes algún lugar donde quedarte? - dijo Pedro.
-No.
-Pues bien, quédate
en mi casa- En el transcurso ambos conversaron y se fueron conociendo entre sí,
ambos estaban muy contentos. Sin embargo, todo cambiaría muy radicalmente.
-
Pasa- dijo Pedro. Guillermo puso un pie en el inmueble y sintió una siniestra
presencia, un miedo a algo inexplicable e imposible de descubrir, esta
sensación se dejó ver en su rostro y pronto sintió que algo andaba mal. La casa
era una casa medieval, un tanto desmantelada pero habitable. Tenía los típicos
tres niveles. Subió hasta el tercer nivel, donde Pedro le adaptó una cama y se
echó. Tras un “buenas noches”, Pedro sopló la vela de la mesa de noche y el
dormitorio se oscureció.
Todo
por ahora era completamente normal, a excepción de esa extraña sensación de
pánico, pero lo realmente raro aún no sucedía. Guillermo ya estaba echado
cuando de pronto, escucho el sonar de la guitarra. Ésta sonaba junto con una
melodiosa, dulce y aguda voz que cada vez se escuchaba más y más aterradora,
Guillermo quedo paralizado del susto, sintió que no podía moverse, se quedó
mirando al techo como si estuviera dormido con los ojos abiertos. La voz y la
guitarra al parecer no pararon hasta alcanzar la nota más espeluznante posible.
Posteriormente, Guillermo pudo moverse e inmediatamente sujeto el crucifijo que
llevaba en un collar y se puso a clamar al cielo por su vida.
Ya
por la mañana, Guillermo le contó a Pedro lo sucedido, a lo que él respondió
“quizá solo estabas alucinando”. Cambiaron de tema y se pusieron a ensayar. Se
mantuvieron así hasta las seis de la tarde, hora en la que partieron rumbo al
bar. Al entrar, vieron vasos rotos en el suelo y un candelabro caído del techo
hecho trizas. Preguntaron a un hombre que había pasado. “Hubo una pelea hace un
rato”, dijo. Ambos siguieron su camino hasta el típico rincón donde se sentaba
Pedro, se sentaron y empezaron a tocar. El ambiente que había dejado la pelea
se estaba haciendo a un lado. Todos empezaron a disfrutar de la música y
acompañar con las palmas. Así anduvo todo hasta largas horas de la noche.
Terminada su jornada, regresaron a casa.
Ya
en la habitación, ambos se acomodaron en sus respectivas camas dispuestos. “¿Cómo
aprendiste a tocar guitarra?”, le dijo Guillermo a Pedro. Pedro no respondió,
Guillermo lo observo bien y lo notó distraído, como si su cuerpo estuviera allí
pero su mente estuviera volando por cualquier cielo. De pronto, Pedro se echó
bruscamente en su cama boca arriba. Los ojos se le blanquearon y su cuerpo se
elevó tal como si estuviera poseído, emitió un grito bestial, y luego cayó
repentinamente. Guillermo nuevamente le rezó a su crucifijo y se echó a dormir.
Al
día siguiente, por la mañana Guillermo le dijo a Pedro:
-
¿Eres consiente que has convulsionado? Parecías poseído- dijo preocupado.
-
Ni siquiera soñé, juro que hace unos segundos era de noche y apenas me
acostaba.
Guillermo
no comprendía lo que había pasado, durante los ensayos le repitió un millón de
veces lo que vio que le pasaba, sin embargo, Pedro juraba haber soñado en
blanco, y nada más. Llegaron las seis de la tarde y se dirigieron al bar. Al
sentarse en el típico rincón, empezaron con su repertorio, todo les salió como
ayer, la gente gozó de la música y todos contentos. Solo hubo un pequeño y
diferente detalle, a Pedro le ofrecieron tomar vino e inevitablemente se
emborrachó.
Fueron
ambos a casa pues ya era muy tarde, Pedro fue todo el camino apoyado de
Guillermo, se la pasó pronunciando incoherencias por todo el camino. Finalmente
llegaron a casa, se acostó cada uno en su cama y se durmieron.
Érase
ya el cuarto día desde que se conocieron. Se pusieron a hacer lo de siempre:
desayunar y luego ensayar hasta las seis. Ya se habían acostumbrado a esa
rutina. Caminaron hasta el bar y luego se sentaron en el rincón. No obstante,
otra vez le ofrecieron vino a Pedro. El aceptó sin dudarlo, se sirvió de la
jarra y empezó a beber sin parar, así estuvo hasta casi el amanecer, de nuevo
se había emborrachado.
-Pedro
ya vámonos- dijo Guillermo en voz baja.
-
Vete tú, yo ya te alcanzo- Guillermo, no tranquilo con esa decisión, insistió e
insistió hasta que Pedro alterado por los efectos del alcohol dijo de manera
rotunda: “¡Ya vete!” Por fin Guillermo se fue, aunque preocupado, entro a la
casa subió los tres pisos y se echó a dormir. Sin embargo, se sintió raro, pues
no captó ninguna presencia amenazante ni cosas por el estilo. Tampoco esperaba
ver algo paranormal, pues Pedro no estaba.
Al
despertar, se sintió renovado. Nunca había dormido tan bien en su vida. No
recordó que debía ir a buscar a Pedro, tampoco recordó que debían ir a tocar al
bar, ni recordó que no estaba en su ciudad. Se olvido de todo, ni siquiera
sentía hambre, se sintió en el paraíso. No pensó en nada más que seguir
durmiendo y eso fue lo que hizo.
Siguió
descansando sin que nada lo interrumpiera, hasta que de pronto escuchó un golpe
de afuera. Escucho un hombre gritando “¡Ayuda!”. Asomó la cabeza por la ventana
y vio como el hombre recibía un piedrazo en la cabeza y moría, dio un vistazo a
toda la calle y notó que había montones de cadáveres tendidos en el piso, un
grupo de hombres violentos estaba esparcido por las calles y se ponían a corretear
a cualquiera que se les cruzaba, las milicias trataban de poner orden, pero su
esfuerzo era en vano.
De
pronto, alguien le gritó.
-
¡Hey Guille! ¡Son las seis! ¡Vámonos al bar!
Era
Pedro, con guitarra en mano. Como era de esperarse estaba borracho. Tenía los
ojos enrojecidos y el atuendo desordenado. Guillermo bajó corriendo, tomó un
palo de madera para poder defenderse, y fue directamente donde Pedro.
-
¡Eres un bobo! ¡No entiendo como sigues vivo aún!
-
¿Quieres que te cante una canción?
-Camina
antes que alguien nos mate
Cruzaron
la calle cuidadosamente, subieron despacio hasta el tercer piso, Pedro se echó
en su cama y se durmió como un bebé. Mientras que Guillermo otra vez sintió esa
presencia perturbadora, y tenía la certeza que Pedro no era el problema. Pero
él confiaba en que Dios le protegería. Sujeto fuertemente su crucifijo y se
puso a rezar. Sopló la vela y se acostó.
Era ya como la media noche, mientras que Pedro
dormía profundamente, Guillermo escuchaba medio dormido la bulla de afuera.
Habían pasado ya seis horas y la ola de violencia no paraba. Súbitamente, un
viento helado entró por la ventana, como alertando que algo pasará. Guillermo
entreabrió los ojos y no lo podía creer. Pedro estaba a punto de darle un
guitarrazo, en sus ojos enrojecidos se veían esas ganas de querer matar
combinadas con cólera, ira y descontrol, pero Guillermo reaccionó rápidamente y
dio un instintivo ‘flautazo’. La imagen que vio a continuación lo dejó en
shock. Pedro estaba tendido en el suelo, tenía la cabeza rota y ensangrentada,
un poco al costado su guitarra con las cuerdas rotas y la madera dañada. El
pánico y la desesperación lo dominaron. Cargó el cadáver y salió de casa. En
ese momento todos se estaban matando entre sí. Pensó primero en dejar el
cadáver tirado en algún rincón, pues así se confundiría entre el montón. Pero
quiso borrar cualquier evidencia, así que pensó mejor en tirar el cadáver en
alguno de los edificios que estaban en llamas. Vio que el bar estaba incendiado
así que decidió tirarlo ahí. Pronto el cadáver se hizo cenizas y se fue a casa
muy alterado y nervioso.
Era
como la una de la madrugada, cuando volvió a acostarse. Esta vez aquella
presencia siniestra la podía sentir demasiado fuerte. De pronto entró un viento
más helado y más fuerte que el anterior. Instantáneamente, la guitarra se movió
y empezó a sonar junto con la terrorífica voz que esta vez no tenía nada de
dulce, Guillermo empezó a convulsionar constante y bruscamente. Sintió que iba
a ser poseído, pero consiguió sujetar su crucifijo, en su mente clamó “Dios
mío, protégeme” y se sintió por un instante liberado de aquel espíritu.
Entonces no pensó en más que sujetar esa maldita guitarra y quemarla en algún
lugar, pero inmediatamente. Así que emprendió una carrera veloz hasta el bar,
uno de los edificios en llamas de la ciudad. Notó que cada vez que pasaba por
un lugar, las personas se tornaban mucho más agresivas, además, mientras iba
corriendo al bar aquel espíritu maligno lo empujaba, le ponía obstáculos para
que se tropezara y le lanzaba objetos. No faltaba mucho para llegar, lo
motivaban las ganas de vivir en paz, de pronto un viejo parado en una esquina
le grita desde lejos: “¡No toques las cuerdas!”. El joven obedeciendo al
extraño instintivamente dejo de sujetar la guitarra de las cuerdas. Se escuchó
en la caja de la guitarra como un lamento profundo, faltaba casi nada.
Finalmente llegó al bar, lanzo la guitarra al fuego con todas las ganas del
mundo y esta no solo se hizo cenizas. Se escuchó en medio del incendio un
lamento profundo y agudo que se desvaneció al instante. Por fin Guillermo
sintió paz y libertad, lo primero que pensó fue en dejar esa ciudad y esa casa
y no regresar nunca más.
Fue
entonces solo a recoger el estuche con su flauta y la maleta con sus cosas.
Cerro la puerta y se marchó para nunca más volver. Se echó a las afueras de la
Iglesia, sacó unas mantas de su maletín y se puso a dormir.
Eran
las ocho de la mañana del día siguiente, Guillermo sabía bien lo que se venía,
era un día de luto en la ciudad. Había que ponerse ropa oscura y guardar
respeto por las almas de los difuntos, asimismo se celebraría una misa.
Dentro
de la capilla mientras se celebraba la misa, sintió que alguien le tocaba el hombro,
como quien decía ‘te perdono’, no tenía la menor duda que era Pedro. Reaccionó
con una sonrisa en el rostro.
-Adiós
amigo- dijo. Luego sintió al espíritu de Pedro irse. Concluyó la misa, tomó sus
cosas dispuesto a partir, pero algo le detuvo. Se topó con aquel viejo señor,
el que le dijo a Pedro y a él: “Hubo una pelea hace un rato”, el mismo que le
gritó mientras corría “¡No toques las cuerdas!”.
-
Tienes algo que decirme?
-
Mucho que decirte.
Guillermo
acompañó al viejo a su casa, ambos se sentaron a comer pan, mientras que el
viejo narraba
-Erase
pues hace muchos años cuando en la tierra al otro lado del mar existían tres
guitarristas, tocaban a las afueras de un castillo y vivían de la limosna que
les daba la gente. Uno de ellos destacaba por tener una técnica admirable,
incluso en ocasiones había sido invitado a cantar para el rey. Sin embargo, él
no se sentía satisfecho, quería ser el mejor en su oficio. Cuenta la historia
que recurrió a un brujo gitano para que lo ayudara
“-Deseo ser el mejor guitarrista-
le dijo.
-Todo don tiene un precio-
respondió- ¿Cuánto dinero tienes en tus arcas?
- Solo vivo de limosnas, señor,
pero estoy dispuesto a pagar con cualquier cosa.
- Entonces, si tú lo has dicho
pagaras con tu felicidad y la de tu descendencia. Cuando tengas esa guitarra en
mano, serás un derroche de talento, pero, así como derrocharás talento,
derrocharás tristeza y desgracia tanto a ti como a los que te rodeen y al lugar
en el que estés, porque tendrás la mejor guitarra, pero por tu avaricia nunca
alcanzarás la felicidad y así mismo será con tus hijos.”
-Se
dice que un día que invitaron al guitarrista al castillo del rey, durante una
importante ceremonia la guitarra emitió un sonar terrorífico y al mismo tiempo
sonaba una terrorífica voz aguda. Los presentes quedaron aterrados y el
guitarrista fue acusado de hereje. Tuvo que huir junto a su hijo y abandonar a
su amada. Se dice que el guitarrista huyó en un barco y se suicidó en el mar.
Su hijo quedo a cargo de su compañero en el castillo, mi padre, desde aquel día
siempre pensó en ocultarle la guitarra de su padre, cuando llegamos aquí el
muchacho la encontró empezó a tocarla desde que era un adolescente, mi padre
siempre trató de ocultársela, pero era inevitable que la encontrará, así estaba
escrito. El muchacho siempre iba a los bares con su guitarra, se enamoró y tuvo
un hijo. Entró en depresión cuando murió su esposa y enfermó gravemente de
tanto tomar, muriendo y dejando huérfano a Pedro, su hijo. En aquel momento yo
era un adulto joven y mi padre estaba en sus últimos días. Yo quedé a cargo de
Pedro, yo volví a ocultar la guitarra, pero como era de esperarse la encontró.
Esa guitarra lo fue destruyendo poco a poco hasta que se olvidó de mi
existencia y empezó a ir al bar, eso ya había pasado cuando llegaste a la
ciudad. En fin, si no lo matabas de
todas maneras iba a tener un triste final, y si el muchacho hubiera tenido
hijos ellos hubieran pasado lo mismo que sus antepasados.
Guillermo
quedo fascinado y a la vez asustado con esa historia. Sintió que ahora todo
tenía sentido.
-Gracias
señor.
-
De nada muchacho. Se feliz a donde vayas.
FIN
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